Archive for the Narrativa Category

Unas horas en Rissani.

Posted in Caminos que he recorrido, Narrativa, Uncategorized with tags , , , on 22 marzo 2010 by hekival

Namasté.

Me llevaron por la mañana, sobre las ocho y media, así que disponía de unas nueve horas para estar por allí. Aún siendo grande y teniendo algunas edificios que ver, me dejé llevar por el “Sahara Mood” que traía y me quedé en la zona central del pueblo, donde, aún no habiendo mercado, había bastante actividad. No me puedo imaginar como estará un día de mercado cuando tiene un “parking” para burros en el que caben unos 3.000. Sí se dice pronto.

Un mercado, como es habitual en el que había de todo. Desde telas y especias hasta forja y madera.

Me acompañó Raja, un muchacho alegre y contento con poder disfrutar de una conversación y amistad sin querer obtener dinero a cambio. Algo digno de tener en cuenta, cuando la gran mayoría tiene “dinero en su corazón”.

Unas fotos, la mayoría a la altura del ombligo.

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Recuerdos.

Posted in Narrativa on 15 mayo 2009 by hekival

 

Namasté.

 

azul melancolía

He pasado unos días en casa de mis padres recuperándome de un pequeño trastorno que sin ser grave a veces me lleva a azules estados de melancolía. 

Los primeros días no he hecho otra cosa que deambular en silencio por la casa, hurgando por los recuerdos de las habitaciones, por los libros y álbumes de fotos, cajas con recuerdos de lo más insospechados, servilletas con algo escrito, pulseras de cuero, anillos rotos, un lápiz, fotos de carné de algunos amores, y pasar horas muertas delante de la televisión que encendía cuando al cabo de las horas me daba cuenta de que lo único que veía era mi reflejo en la negra pantalla.

Quizás muchas veces la inmersión en los recuerdos es agradable pues los adornamos y ya están diluidas las emociones dolorosas otras veces recordar en melancolía es impredecible pues te puede llevar al más profundo azul o abrir una pequeña rendija por la que entra la luz que indica la salida.

Mis padres, que me conocen bien, me dejaron hacer y se limitaron a satisfacer mis necesidades básicas, comida y ropa sin hacer muchas preguntas y sin intervenir mucho en mis excursiones por la casa ya fueran estas de día o a molestas horas de madrugada. Con el paso de los días recuperé un poco la lucidez y recordé que había llevado todo mi equipo fotográfico, con la esperanza, inútil, yo lo sabía, de hacer algunas fotos que me ayudasen a recuperar el ánimo.

Los dos días siguientes los pasé desordenando todo el equipo, haciendo un minucioso inventario, de manera obsesiva, de todo el equipo accesorios y cachivaches extendiéndolo todo por el suelo de mi habitación, y faltándome sitio tuve que poner en pie la cama y pegarla a la pared, lo que me obligó, sin mayor disgusto, a dormir en el salón esas dos noches. 

 

 

 

 

  

Separé los cuerpos de cámara, los objetivos, flashes, revisé las baterías, los cables, limpié  las cámaras y los objetivos, comprobé que estaban bien limpios, los volví a limpiar hice test de funcionamiento y descargué por completo las baterías, las volví a cargar, clasifiqué el contenido de la mochila por grupos, revisé que los bolis escribían y ¿dónde he puesto la pera? ah, claro con el kit de limpieza. Ideaba cual era la mejor manera de organizar la mochila de la forma más eficiente y pensé que tenía que inventarme un accesorio para poder colgar fuera un trípode pequeñito, que siempre estuviese a mano.

Supe que ya estaba bien.

Aparecí a la hora de comer y saludé sonriente a lo que mis padres sonrieron también sabiendo que todo estaba nuevamente en orden y como si nada hubiese ocurrido. En la comida, recordando los recuerdos que había encontrado acordamos que al día siguiente iríamos a visitar la casa de mi abuelo, un poco dejada y donde mis padres y otros de mis tíos han ido acumulando trastos de momentos pasados. 

Recuerdos, trastos, que en definitiva son los que han ido conformándonos en buena medida en lo que ahora somos. Ese juguete que perdimos y es por eso que ahora nos aferramos tanto; ese libro que leímos y que está irremediablemente unido a la primera pelea con un amigo, y desde entonces la amistad no es lo que era; la bicicleta y su sensación de libertad cuando recorrimos, sin permiso de nuestros padres, los cinco kilómetros que nos separaban de la feria en el pueblo de al lado y desde entonces hemos hecho lo indecible por sacarnos el carné de conducir y tener coche.

 

Hacía tanto tiempo que no iba que me había olvidado de los paisajes y de la cantidad de veces que había recorrido aquellas carreteras otrora en un estado mucho más lamentable, y que cuando la arreglaban paraban a los coches y queríamos ser los últimos de la fila para que nos diesen el “testigo”, un palo de madera que servía como señal de que podían dejar pasar a los coches en sentido contrario que esperaban pacientemente en el otro extremos de la obra. El walkie-talkie arruinó esta diversión. 

 

 

Campos de Castilla

Recordaba los viajes así, con buen tiempo, con sol, el sol de Castilla, campos luminosos y lo recordaba así aunque fuese mentira porque la mayor parte del tiempo que viví allí hacía mal tiempo, esos inviernos Castellanos fríos, lluviosos, nubosos, grises, de días cortos y noches heladoras, porque en verano nos mudábamos a la costa. 

Así que quería recordar aquello como estaba y por el camino fotografiaba.

 

Campos de Castilla

A mi padre le costó encontrar el general de la luz y aproveché para disfrutar del olor a cerrado y humedad y frío de aquella gran casa de tres plantas y cuatrocientos metros cuadrados de planta que había conocido tiempos mucho mejores, más vivos, más felices. Cuando llegó la luz esta confirmó mis recuerdos, esta vez sí sin falsedades, las puertas y la distribución de las habitaciones, los muebles, libros en los mismos, sillas y cajas en lo que había sido un dormitorio que como única ventana tenía un pequeño agujero en lo alto de la pared y que daba a la despensa de la cocina.

 

Cumplo 10 añosA la puerta de casa 

Cuantas cajas de otra vida, cuantos juguetes de otras infancias, eh! el scalextris, ¡ala! y el camión volquete, que grande me parecía y que pequeño es. y libros del cole, geografía, historia y todos los recuerdos de una infancia, en general feliz, agolpándose, y una caja que abrí contenía un montón hojas caligrafiadas con las mismas palabras una y otra vez; recuerdo que me costó muchas hojas y muchas horas escribir correctamente, ¡eh! una redacción, “qué quiero ser de mayor” creo que tenía diez años por aquel entonces.

“Qué quiero ser de mayor” 

“Me gusta mucho viajar y conocer gente y no olvidar nunca la ciudad y mis amigos…

…de mayor quiero ser fotógrafo…”

No pude leer más.

Algo me apretó en el pecho    … subió y un par de lágrimas se me cayeron.

 

Hekival


 


Sobre un viaje

Posted in Narrativa on 13 mayo 2009 by hekival

 Namasté

¿Quieres ser uno con el universo?

¡El tiempo no existe!

Sólo existe un instante. Ni siquiera un instante tras otro, ¡sólo un instante!

¡Éste instante!

Y en ese instante Dios, y lo pongo en mayúsculas, pero tú lo puedes llamar como quieras, nos está haciendo una pregunta,

que básicamente sería algo así.

¿Quieres ser uno con el universo? ¿Quieres estar en el paraíso?

 Y nosotros, siguiendo unos dictados que no cuestionamos, unas pautas que no queremos comprender,

Le respondemos:

¡No! ¡Todavía no!

 

De la película Walking life de Richard Linklater 

 

 

 

 

Generalmente, día tras día, tengo un quehacer tras otro, una reunión, un informe, gestiones, visitas a clientes, y un sinfín de tareas, que se unen, yuxtaponen, sobreponen y pelean por ser, cada una de ellas, urgentes e importantes.  Como el tiempo no existe y si existiese sería relativo, algunas veces tengo esos días, en los que ya la yuxtaposición de una tarea con otra deja un espacio vacío, un instante eterno, un agujero temporal no programado,  en el que podría no estar obligado a pensar en nada.  A veces, cuando el sistema en el que vivo y del cual no escapo por falta de valor, me regala un instante, paseo.

 

Hacía calor y por eso todo el mundo estaba en la calle, cuando hace calor, la percepción, las ganas de vivir y hacer la fotosíntesis, nos permite sentir que el  tiempo pasa más despacio, cuando hace calor, la gente se anima, está biológicamente comprobado, y se echa a la calle, cuando hace calor la gente quiere estar más feliz. Sonreímos más,  nos vestimos con colores más alegres dejamos ver más nuestros cuerpos. Nos imaginamos que la vida es maravillosa y que podríamos ir desnudos por la calle sin que nadie nos mirase raro porque ellos también estarían desnudos.  Este fenómeno es extraño.Brazo derecho

Cuando nos imaginamos a la gente desnuda nos imaginamos que todos tenemos bonitos cuerpos, no digo excesivamente trabajados en el gimnasio, no, sino cuerpos naturales, tersos, musculosos y con la piel suave y buen color, incluso nos imaginamos a nosotros mismos con un cuerpo así, con el cuerpo que todos queremos y del que sólo nos acordamos después de Navidad. Y que se dejen de chorradas, un cuerpo musculoso terso de piel suave y buen color  un cuerpo bonito, es un cuerpo sano. Han sido muchos años de evolución para que ahora vengan a cambiar las cosas. 

 

 

 

Quizás porque hace calor y estamos más en la calle, quizás porque hace calor y porque podríamos no volver a casa y dormir bajo las estrellas, quizás porque hace calor y no tenemos ninguna gana de trabajar, quizás porque hace calor son los países pobres los que son. Quizás por eso y por mucho más.

 

Paseaba por una calle de aceras anchas, con árboles en las aceras y bancos a sus sombras, una calle con un paseo aún mayor en el centro, flanqueado por dos carriles a cada lado, que en aquellas fechas si apenas llevaba tráfico. Una calle plana, llana una de esas calles en las que puedes ver el horizonte, el infinito, las puestas de sol y esconderte de alguien a quién no quieras ver, salvo que él te haya visto antes, que entonces…estas perdido.

 

 

Ya desde lo lejos había visto como unos chavales, que se convertían en niños según uno se  acercaba; jugaban en la calle. Unos seis. Me pareció contar y que uno de ellos llevaba en brazos a otro más pequeño y se movía menos,   Jugaban a esconderse y buscarse, correr entre la gente, enfrente de un señor ahora, detrás de esta señora un poco más tarde. Podría ser el juego del escondite, aunque con poco éxito pues con sorprendente agilidad, la mayoría de los viandantes, esquivaban a los niños dejándoles al descubierto, así que no podía ser el escondite, igual el pillo-pillo. No se me ocurría otro juego infantil.

Un poco más cerca se podían oír las voces de los niños, alguna risa que otra, que seguían jugando, ¿Estarían jugando con los peatones como si fuesen balizas móviles? Podría ser y ellos pilotos de formula uno, o de algún avión.

Lo adivinaría pues estaba llegando a su altura. ¿También los esquivaría? ¿Haría la típica broma del regate? ¿Me apartaría para no tener nada que ver en su juego? ¿Para no interrumpir? ¿Por vergüenza ajena? 

No me dio tiempo a pensar más; ni a reaccionar viendo la ropa que llevaban, pues al llegar a su altura, con una brusquedad que asustó a mi pensamiento, la realidad se impuso. Como siempre

El juego se había convertido en mendicidad.

Era una mendicidad como tantas otras que vemos, una mendicidad habitual, vulgar y corriente. Ellos te piden, y tú, por regla general les ignoras y sigues tú camino. 

Quizás cuando hace calor, todo el mundo es más feliz,  y como los pobres también tienen derecho a ser felices, sobre todo si hace calor, igual estos niños estaban jugando y jugaban a pedir. 

¿Sería la ignorancia que da la infancia? 

El niño que me tocó a mí, con un par de agujeros en lugar de dientes, pero no por eso una sonrisa menos amplia y franca, ni siquiera pronunció una palabra. Simplemente, colocándose delante de mí estiró la mano y siguió sonriendo. 

Me paré.

Iba a hacer el típico regate, porque en estos casos soy un gran delantero centro.

Me avergoncé.

No lo hice.

Sonreí.

Saqué unas monedas del bolsillo y se las dí. “Thank you sir”

Bueno, por lo menos sabía que no era mudo, lo que en cierto modo, me alivió.

Recordé que llevaba una bolsa de caramelos en la mochila, y los tenía, porque parece que a veces todo se conjura y como las cosas son como tienen que ser, la vida, te permite, por un instante el comprender el porqué. 

El niño, habiendo obtenido lo que, en un principio buscaba, o esto supongo, antes de moverse, puso los ojos en alguien que caminaba detrás de mí, pero no se movió. Siguió, por una eternidad, por un instante, clavando sus ojos en mí, sabiendo, y yo no se como, que algo más venía.

Así que saqué la bolsa, tomé un buen puñado y se los dí. Tuvo que poner las dos manos para que no se cayeran. ¿Para qué querría yo quedarme con el resto de los caramelos? Le di toda la bolsa.

Ya no me pude mover. El niño, con las manos junto al pecho para evitar que se le cayesen los caramelos y sin pronunciar ninguna palabra más, se acerco, a cada uno de sus amigos y de uno en uno les fue dando, equitativamente, porque vi como hacía las cuentas los caramelos correspondientes. Rápidamente pelaron uno, la niña con el pequeño en brazos, peló dos, se los metieron en la boca, el resto al bolsillo y siguieron con el juego de pedir.

...

No pude quedarme más tiempo; tuve que seguir. Seguí pero no me pude ir de allí, de hecho, todavía sigo allí.

Estoy allí, viendo como los niños siguen sonriendo, pidiendo y jugando, estoy allí, sentado, en silencio, mirando y pensando en porque aquel niño no tuvo ninguna duda a la hora de repartir,  porque ningún gesto para guardarse más caramelos que los demás, al fin y al cabo, se los había dado a él, porque ningún gracias de sus amigos, porque ningún ¡eh! ¡Dame un caramelo! O ¡no te los quedes todos!. Ninguna voz, ningún gesto discordante.

Simplemente con la misma naturalidad con la que decimos hola al llegar a casa o ignoramos a los desconocidos, había repartido todo lo que tenía entre los que eran.

 

 

Hekival.

 

 

 

Ayer vino a verme.

Posted in Narrativa on 8 mayo 2009 by hekival

Ayer vino a verme. 

Me dijo que se casaba.

 

Hace muchos años que no se de ella, no tenemos amigos en común y a los que quedaran no les preguntaría, a su familia la veo de verano en verano y no todos, así que no tengo forma de saber como le va. No es algo que me ocupe mucho tiempo y la mayor de las veces su presencia me viene sin una razón aparente, ocupa unos momentos mi pensamiento, a veces un poco de mi corazón y se va.

 

Ayer la soñé tan clara, tan guapa tan sonriente que quise que no fuera un sueño. Recuerdo el sueño vívido y aún más su presencia me enamoré por un momento, en sueños. 

 

No recuerdo muy bien la conversación porque me quedé mirando su sonrisa.

Quizás hable mucho sobre su sonrisa, pero es que no la habéis visto. Si os hubiese sonreído en alguna ocasión estoy convencido de que no la olvidaríais. Yo no lo he hecho porque es la sonrisa más luminosa brillante y feliz que he visto nunca, una sonrisa plena, una sonrisa de boca y ojos. ¿Os habéis fijado en las sonrisas que se hacen con los ojos? ¿No os parece que son más vivas, más sinceras? Ella sonreía con ojos y boca y a veces la echo de menos. 

 

No recuerdo muy bien como lo dijo o si lo dijo, o si lo imaginé, pero después del sueño supe que se casaba, se casaba con Andrés. No sé cuando empezó a salir con Andrés, no sé cuando le conoció no sé si Andrés existe no sé porqué se me ocurrió ese nombre y no sé porque sé que se casa con él, claro que todo fue un sueño.

 

No sé porqué se, pero sé que no está enamorada de él. Me sorprendió y en cierto grado me gustó. No se puede estar siempre enamorado. ¿o sí?

 

 

Hoy.

Me llama un amigo que la conoció y que no era amigo común sino mío, el cual hace unos años dejó la ciudad para establecerse con más o menos acierto en otra ciudad, lejana ciudad y al que en este tiempo, aunque nos mantenemos en contacto no he podido ir a ver.

Me llama y me dice, me pregunta me invita a adivinar con quién se había encontrado ayer en un semáforo. Sí. Ella.

Que hablaron de como le iba, que si me tenía que llamar (Ella), que estaba bien, en definitiva.

La agradecí mucho la llamada y saber que Ella está bien, tan guapa como siempre y que seguramente se habrá mudado siguiendo al amor.

Espero que lo encuentre y que le dure por muchos, muchos años.